Pequeño gran paso


 

El coronel Vernon Oswald siempre fue un prodigio. Desde niño devoraba libros de H.P. Lovecraft y deliraba con las historias de Julio Verne. Las alucinaciones clásicas de los niños se hacían insignificantes cuando el pequeño de cabellos rojos improvisaba relatos ante su numerosa familia, que seguían sus historias con los ojos desorbitados e incluso con cierta inquietud: la fantasía desbordante y el delirio a ratos parecían atisbos de locura. 

 Su habitación era un santuario de la ciencia-ficción: un baúl lleno de comics, libros y detallados dibujos de mapas de lugares que existían sólo en su cabeza y un avión de madera que reproducía a escala el icónico prototipo de los hermanos Wright, eran parte de sus posesiones más preciadas. En la cabecera de su cama, una gran bandera que parecía presagiar el épico destino de este futuro portento de la fuerza aérea estadounidense.   
 Ya desde su temprana adolescencia, el joven Vernie, como lo llamaban sus padres, tenía absolutamente definidos sus propositos en la vida. El fin de su niñez ocurre en la norteamerica de los cincuenta, con el inicio de la carrera espacial y el gran objetivo para las grandes potencias: llevar a un ser humano a la luna. A mediados de esa década ya se traslucía un desafío común para la humanidad. 
La post guerra trajo consigo una nueva inspiración para los Estados Unidos de América: la victoria bélica representó la epifanía de un país convencido de ser la antorcha universal que alumbraría el futuro de la civilización. 
Pero sin sombra no existe luz: más allá de occidente, una amenaza roja crecía a la par. La Unión Soviética ya había puesto al primer ser humano en el espacio exterior. Sobre las ruinas del nazismo, dos visiones de mundo, dos gigantes ensimismados llevarían su antagonismo a confines insospechados.
 Oswald creció en un país embriagado de esa nueva épica nacionalista. Sus dotes físicas e intelectuales lo predestinaron a transformarse en uno de esos héroes que la literatura fantástica le hizo soñar en la infancia. Luego de graduarse con máximos honores en la fuerza aérea, después de volar en casi un centenar de misiones de guerra, de transportar armas nucleares en un avión de combate y de ser piloto de pruebas, el paso lógico para el joven prodigio era sumarse a la naciente agencia espacial. 
Los astros parecían alineados para transformar la fantasía en realidad: ser el primer ser humano en pisar la luna.


II
 No hubo sorpresa esa mañana en la llamada que Vernon Oswald recibió desde la agencia espacial. Ya era un secreto a voces que había sido seleccionado para encabezar la misión Pegasus, el primer intento por concretar la llegada de un ser humano a la superficie de la luna. Igual sus ojos se llenaron de lágrimas y le costó simular tranquilidad mientras al otro lado de la línea  el General John Lee, hombre a cargo de la agencia, le citaba a una reunión especial con el equipo que encabezaría la epopeya. 
 Abuelos, primos, tíos, todos llegaron presurosos a felicitarlo. Entre la euforia y la algarabia  familiar, quiso compartir la noticia con uno de los hombres más importantes de la agencia espacial y también uno de los más admirados, el doctor Vincent Valente. 

Sin perder tiempo hizo un paréntesis entre el jolgorio y tomó el teléfono para contactarse con quien él consideraba una especie de mentor dentro del equipo del proyecto. Cuando estaba a punto de darse por vencido, alguien contestó del otro lado de la línea con una voz irreconocible. El científico, en evidente estado de ebriedad, le contaba que había sido despedido. Durante los siguientes cuatro minutos, Oswald escuchó la historia más bizarra que jamás le contaron.   
Luego de colgar el auricular, la madre de Vernon se preocupó al ver el rostro descompuesto de su hijo.
-¿Todo bien, Vernie? ¿Con quién hablabas?
Tras titubear unos segundos, y ante la mirada confusa de su gente, volvió a sonreir forzadamente. 
-Con un hombre brillante que perdió la cabeza. ¿Alguien sabrá como destapar esta botella?  
lanzó presuroso, abrazando a  su progenitora y reincorporándose a la alegre reunión familiar.
 Oswald, muy impactado, no podía entender cómo pudo ocurrir tal cosa con el hombre clave en el proyecto espacial. Hacía pocas semanas habían conversado sobre los serios problemas que su equipo de investigadores estaba enfrentando para idear una manera efectiva de traspasar el cinturón de Van Allen, una peligrosa zona del espacio exterior más allá de la estratósfera que, por su excesiva carga energética, podría desintegrar la nave a pocas horas de abandonar la atmósfera terrestre. Un dilema decisivo del que claramente dependía el éxito deel proyecto.
La misión Pegasus era el esfuerzo desesperado de un coloso por mantenerse en la cima del mundo. La hegemonía cultural norteamericana hacía que el resto del mundo viera en este proyecto la más grande epopeya, un viaje directo a la inmortalidad. Pero no había tiempo que perder. Los soviéticos no parecían dispuestos a perder tiempo, y las noticias que llegaban del otro lado de la cortina de hierro eran contundentes: las salidas de la orbita terrestre eran cada vez más frecuentes según informaban las agencias de noticias.La luna era la gran quimera, y su conquista ante los ojos del mundo parecía estar a la mano para cualquiera de las dos potencias.


III
La puerta del ascensor se abrió y Oswald tuvo ante sus ojos un área subterránea del centro espacial que hasta ahora era desconocida, incluso para altos jerarcas del ejército estadounidense. A la distancia, al fondo de un enorme hangar sembrado de reflectores de intensa luz, lo esperaba el General Lee flanqueado por otras cinco personas, vestidas con máxima formalidad. 
-¡Coronel! Usted ha sido seleccionado para hacer historia. Muy probablemente, en un futuro cercano, su rostro estará en textos escolares, en estatuas de bronce; ¡Usted ya es historia pura! , gritó el militar con agitación y entusiasmo, sin siquiera esperar que el gran protagonista de la misión se acercara lo suficiente. 
-¡Bienvenido a la eternidad!  remató cuando lo tuvo al frente, abrazándolo efusivamente.
 -Mi general, aquí estoy mi general! Listo para escribir con letras doradas la historia de nuestro país! respondió el teniente Oswald en tono efusivo y con aún mayor energía que la arenga de su superior.
 -Ya conocerá en profundidad al resto del equipo que estará involucrado en este proyecto. Es gente muy competente, del más alto nivel, dijo el general, dando a continuación lentos pasos hacia su derecha, e instando al grupo de hombres a seguirlo para dar un recorrido por la gigantesca explanada. Mientras caminaban, Oswald no perdía pista de todas las cosas con las que se iban encontrando. El recorrido empezó a despertar confusión en Oswald, y una voz interna empezaba a cuestionar el momento. Reflectores,  inmensos paneles oscuros, una reproducción a escala de la luna y del vehículo que haría el recorrido sobre la superficie del satélite natural. 
-Como pueden ver, en este proyecto no ha habido nada al azar, Todo ha sido minuciosamente preparado. Han hecho ustedes un gran trabajo,  dijo pausadamente el General Lee, posando su mano sobre el hombro de quien caminaba a su lado derecho, un hombre pequeño ataviado de un traje impecable y con sombrero texano. 
 Mientras el militar relataba la experiencia de un viaje anterior a la estratósfera,  Oswald intentaba sin exito recordar el rostro de aquel hombre. Su sensación fue aun más incómoda cuando hizo un recorrido visual a los demás acompañantes del general: a ninguno de ellos jamás los habia visto. ¿Cómo era posible que siendo un reducido equipo de trabajo en Pegasus, tras casi un año de reclusión en el mismo edificio, nunca antes se los había topado en cualquier pasillo del lugar? ¿Dónde estaban Carmichael, Forezzi, Lambert, y el doctor Valente, el equipo esencial de la Misión Pegasus?. 
Repentinamente, y como despertando de un extraño sueño,  Oswald se sacudió la confusión y al segundo siguiente optó por tomarse las cosas con calma. "Seguramente estamos entrando en otra fase del proyecto y esta gente nueva es la indicada para asumir el desafío trascendental que se nos viene", reflexionó internamente el coronel, intentando calmar su angustia.
 La caminata fue cortada abruptamente. De forma repentina el General Lee despidió al misterioso grupo de gente, explicándoles que debía conversar a solas con Oswald.
 Apenas se fueron, el coronel trató de despejar sus dudas:  
 -¿Qué ocurrirá general? por primera vez durante esta extensa preparación para llegar a luna me siento desorientado. Hay cosas que se empiezan a tornar confusas. ¿Por qué el doctor Valente fue retirado de la misión? 
-Valente se puso un poco ansioso. Por el momento no lo necesitaremos para lo que viene, retrucó con actitud evasiva el superior, acomodándose su gorra.
-¡Pero señor! él estaba resolviendo un aspecto clave para el éxito del viaje! ¿Qué pasará con la nave durante el paso por los cinturones de Van Allen?
 El general Lee levantó su cabeza y respiró profundo con sus ojos cerrados.
 -Despacio Oswald, las respuestas no tardarán en llegar. Todo a su tiempo. Por el momento, confórmate con saber que tu corona de laurel está asegurada. Mira a tu alrededor. En este lugar vivirás los momentos más importantes de tu vida.
 
Justo en ese momento, la idea más retorcida se alojó en la mente de Oswald. Recordó la surrealista historia que Valente le contó por telefono y observó con agudeza a su alrededor. El suelo del hangar
cubierto por un misterioso polvillo blanco. Unas rocas hechas de cartón piedra. Un modelo a escala hiper realista de la luna pendiendo de unos cables sujetados por una polea. Una réplica un poco más pequeña del módulo lunar construido para la misión. Decenas de reflectores con focos de de gran potencia... y dos cámaras de cine Panavision de 65 milimetros.
 - ¡Tú vas a ser un héroe Oswald! Un titán en la historia universal que llevará a lo más alto a los Estados Unidos de América. ¡Somos el faro de esta civilización! 
 -¡Pero General Lee, respóndame!, suplicó Oswald con voz entrecortada y casi llorando. ¿Simularemos el viaje a la luna?
 Con rostro desfigurado y enrojecido, el militar tomó violentamente a Oswald de los hombros.
 -¡Oswald, ¡abre un poco tu mente!. A fin de cuentas, hemos invertido demasiado dinero en esta estúpida carrera y por cierto que no la vamos a perder... ¡de ninguna maldita manera posible!,sentenció el general, apretándose con puño cerrado la bandera estampada sobre la solapa de su uniforme.

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